INVESTIGACIÓN

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La batalla de la economía contra la contaminación

Pablo Montero

La batalla de la economía contra la contaminación

Las regulaciones que cuidan al planeta no siempre funcionan o son adecuadas, incluso pueden causar más daño. Juan Pablo Montero, académico del Instituto de Economía, estudia dichas políticas y cómo mejorarlas.

Cuando a mediados de la década pasada Juan Pablo Montero, académico del Instituto de Economía UC, fue invitado a formar parte de un capítulo sobre políticas públicas del Panel Intergubernamental para Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC), no lo dudó.

El llamado provenía de los profesores estadounidenses con los que había trabajado en su doctorado en Economía en el Massachusetts Institute of Technology (MIT). El honor se debió a su extenso trabajo en mercados de contaminación: cómo regularlos, hacerlos eficientes y la competencia que se genera en ellos.

La labor de más de una decena de especialistas internacionales consistió en estudiar los elementos regulatorios que se pueden usar para reducir las emisiones de carbono. "Determinamos una batería de instrumentos con la que un gobierno puede contar para regular su contaminación, y establecimos las ventajas de cada uno y los parámetros de cuándo usarlos", explica el académico.

Lo que nunca se imaginó Juan Pablo Montero fue que ese trabajo lo llevaría a ser uno de los dos académicos de la UC –y uno de los cuatro chilenos que participaron en el informe entregado en 2007– que compartiría con decenas de investigadores de todo el mundo el Premio Nobel de la Paz de ese año, que fue entregado al ex Vicepresidente de EE.UU., Al Gore, y al IPCC. "Eso refleja la importancia de mi investigación", dice el economista.

Y al parecer esa importancia no ha decaído, porque ahora fue invitado a tres capítulos distintos del nuevo informe del IPCC que están elaborando investigadores de todo el mundo. Por tiempo solo pudo aceptar uno, el que continúa el trabajo anterior. La idea es ahondar en cómo distintos instrumentos regulatorios promueven la innovación tecnológica, la solución final, asegura Montero, para frenar el cambio climático.

Aunque es un economista experto en el tema, no siempre fue planeado así. Con un primer impulso de ser ingeniero matemático, terminó estudiando ingeniería civil hidráulica en la UC. Luego continuó con un magíster, también en la Escuela de Ingeniería, en políticas relacionadas con manejo de recursos naturales y protección del medio ambiente. Ya contratado como profesor partió al MIT a realizar otro máster, esta vez en políticas públicas y tecnología, pero estando allá optó por un doctorado en economía. Su tesis sobre mercados de contaminación terminaría plasmada en el libro Markets for clean air, coautorado con sus profesores guía y otro estudiante.

La complejidad de reducir

Entender las medidas para controlar las emisiones de la industria y los mercados de contaminación ha sido uno de los grandes focos del trabajo de investigación de Juan Pablo Montero.

Para comenzar el sistema, se establece un límite total de emisión para una empresa. Luego se le entregan cuotas basadas en derechos históricos o subastadas, para que pueda transar libremente dichos permisos.

"El objetivo es lograr la meta ambiental, pero a un costo más bajo. La empresa contamina menos, pero además puede liberar parte de su cuota y venderla a otra, a la que le es más caro reducir. De esta forma el límite general de contaminación igual se logra", detalla Juan Pablo Montero.

"Más de la mitad de mi investigación la he dedicado a entender cómo funcionan estos mercados en la práctica y dar recomendaciones de diseño para que funcionen mejor", agrega el académico del Instituto de Economía. Para ello se ha concentrado en dos aspectos: los problemas de asimetrías de la información y los de competencia o poder de mercado.

"Cuando se diseñan los mercados, el regulador tiene mucho menos información que las empresas sobre dos aspectos: los costos que tienen para descontaminar y cuánto contaminan efectivamente", cuenta el académico. Eliminar esta asimetría es fundamental para establecer las cuotas de reducción y su asignación, y para monitorear su cumplimiento. Incluso, también es útil para determinar, en casos específicos, si el mercado funciona o no, o si es mejor reemplazarlo con impuestos.
La segunda área que estudia Juan Pablo Montero es la de los problemas de competencia que existen en estos mercados. "Se puede dar que empresas acumulen permisos y no los vendan, para así manipular sus precios", explica. El problema es que, aunque se sigue cumpliendo el objetivo medioambiental, se produce ineficiencia en el sistema porque algunas empresas están reduciendo a costo más alto de lo que deberían. "Mi trabajo se concentra en cómo asignar las cuotas inicialmente para evitar este problema y cómo evaluar empíricamente si es que hay problemas de competencia", detalla el académico.

A la investigación anterior sumará el análisis de acuerdos internacionales sobre el cambio climático, con el fin de que países de distinta naturaleza puedan llegar a puntos comunes.

"El objetivo es entender cómo se produce la negociación y así desarrollar fórmulas que les permitan llegar a acuerdo echando mano a instrumentos de la economía", especifica el investigador.


USO DEL AUTO

Entender mejor el comportamiento de la gente frente a políticas de transporte que buscan descontaminar grandes ciudades –y en particular disminuir el uso del auto– fue lo que motivó a Juan Pablo Montero y a Francisco Gallego, también académico del Instituto de Economía, a analizar con otro prisma el Transantiago y la restricción vehicular implantada en el año 1989 en Ciudad de México.

Prontos a publicar el trabajo que busca encontrar la mejor manera de evaluar estas políticas, los académicos descubrieron que la capacidad de respuesta en ambos casos fue mucho más rápida y heterogénea que lo esperado.

A partir de datos de las estaciones de monitoreo de la calidad del aire, concluyeron que una vez instalado el nuevo sistema de transporte público en Santiago el CO2 no aumentó en el corto plazo. Sin embargo, a los pocos meses el contaminante se incrementó muchísimo porque las personas compraron un primer o segundo auto. "Solo en ocho meses la gente ya se había ajustado", agrega el académico.

En el caso de Ciudad de México, encontraron algo similar. La gente solo se demoró diez meses en adecuarse a la restricción que no le permitía sacar el vehículo una vez a la semana: comprando otro auto. Así aumentó la contaminación en vez de disminuir, lo mismo que pasó con la capital chilena. En ambos casos, explica el estudio, los que se ajustaron fueron los integrantes de pequeños grupos de gente de estratos medios.